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Volviendo a las respuestas del Libro Copiador de Munera
depositado en el AHPAb, esta cofradía contaba con muchos bienes
raíces -de casas, huertas, majuelos y tierras- procedentes de diver-
sos legados y mandas testamentarias. A ello se suman las limosnas
recaudadas por su mayordomo mediante rifas y el cepo o cepillo de
la Iglesia. Con estos recursos se pagaba al capellán nombrado anual-
4 del domingo de cuasimodo y se
por sus tareas habituales de misa y sermón en san Francisco (4 de
octubre) y día de las Ánimas (2 de noviembre). A ello hay que añadir
los 80 reales de cera consumidos en estos eventos.
Con todo, lo más destacado de la cofradía que nos ocupa es
que el día de Navidad organizaba una soldadesca compuesta por
dos tambores, capitán, alférez y sargento con otras escuadras que
los acompañaban para dar limosna. García Solana, en su breve men-
ción a las cofradías, describe la soldadesca, muy subjetivamente a
nuestro juicio, como un acto en recuerdo y representación de la re-
conquista, algo inverosímil. También dice que se celebraba dos ve-
ces al año cuando el documento es contundente al respecto al reco-
ger que se celebra una única vez, “por la pascua del nacimiento del
hijo de dios se celebra una soldadesca”. Se añade también que, por la
tarde, la soldadesca sacaba en procesión a san Francisco y en la logia
ubicada en los bajos del ayuntamiento se dedicaban a dar limosna
a quien se acercase por este orden: el capitán aportaba 60 reales,
el alférez 40, el sargento 30, los tambores 20 cada uno y los de la
escuadra a voluntad. Después del acto, el capitán, alférez y sargento
tenían la obligación de invitar a bollos de alajú5 y “colación menuda”
a todo el regimiento de vecinos en sus casas. Es decir, a un banque-
te de comida y bebida que conllevaba un gasto extra de 50 pesos.
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ciales de la soldadesca una importante carga económica con la que,
seguramente, respondían a una penitencia o expiación de pecados
No sabemos con plena certeza si se alude a la misa del alba celebrada el domingo de
Cuasimodo (lo más probable) o a la misa primera que en muchos pueblos de la provincia
se hacia casi a diario muy temprano, rondando el amanecer.
El alajú, un postre a base de miel y frutos secos hoy muy típico de Cuenca, probablemente
también lo era en el siglo XVII y XVIII en toda la Mancha, incluida Munera, y otras tierras
albaceteñas como herencia de la gastronomía árabe.
AL-BASIT 70 • PÁGS. 187-224 • INSTITUTO DE ESTUDIOS ALBACETENSES «DON JUAN MANUEL» • ALBACETE • ISSN 0212-8632