II. IN MEMORIAM
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Aurelio Pretel Marín
RUBÍ SANZ GAMO (IN MEMORIAN)
RUBÍ SANZ GAMO (IN MEMORIAN)
AURELIO PRETEL MARÍN
Conocí a Rubí Sanz hace ya
medio siglo, cuando yo era un jo-
ven profesor de 24 años y ella una
licenciada en Historia del Arte, de
apenas 22, que vino, de la mano
de Samuel de los Santos, al peque-
ño cenáculo que a la sazón trataba
de crear, bajo la égida de Francis-
co Fuster, la revista Al-Basit, con la
idea de hacerla precursora del que
habría de ser Instituto de Estudios
Albacetenses, como manifestaba, en
agosto de 1975, en la presentación
o saludo de su número 0. En aquél mismo número publicaba Rubí,
por cierto, el que quizá era su primer artículo, y desde entonces fue
uno de los pilares importantes de ambas instituciones, porque eran
las únicas que había, no porque fueran ricas ni abundantes en me-
dios. Fueron tiempos “heroicos”, en los que peleábamos codo a codo
por unos intereses comunes: la investigación de la Historia y el Arte
de Albacete, contra la incomprensión de una sociedad que valoraba
poco aquellas inquietudes, cuando no las veía con recelo o quería
someterlas a directrices políticas propias de aquel momento.
Precisamente fue Rubí la que en principio se opuso con más
fuerza al intento inicial de la Diputación de incluir en el grupo fun-
dador a personas ajenas a la investigación. Los demás la apoyamos
(incluso amenazamos con ocho dimisiones antes de ser nombra-
dos), y así pudo nacer un IEA casi completamente exento de hipo-
tecas de carácter político, y más que habría de serlo a raíz de la pri-
mera reforma de Estatutos (1985), que dejaba todas las decisiones
en manos de la Asamblea General, que elegía al director, que a su
vez designaba a la Junta Directiva entre sus, aún, escasos miembros.
Desde la susodicha Asamblea, Rubí, colaborando con Samuel de los
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Santos, al que pronto habría de suceder al frente de la Sección de
Arqueología, tuvo siempre un papel fundamental en la lucha por la
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dentro de lo posible- del número de miembros iniciales.
Entre 1979 y 1982, siendo yo director del IEA, Rubí fue secre-
taria lo que aún reforzó nuestra complicidad más allá del afecto que
siempre nos unió, y tengo que decir que formamos un tándem pecu-
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sobre todo en la lucha por la consecución de unas instalaciones y un
presupuesto digno (se quintuplicó durante aquellos años, gracias,
justo es decirlo, a Juan Francisco Fernández, entonces presidente
de la Diputación, que trató al Instituto como se merecía por su la-
bor gratuita y desinteresada). O en la organización de exposiciones
como la de Albacete, Tierra de Encrucijada, y el I Congreso de Histo-
ria de Albacete, cuyo primer volumen de actas coordinó. Y todo sin
dejar su trabajo del Museo de Albacete, que fue prácticamente una
obra suya tras el fallecimiento de Samuel de los Santos en noviem-
bre de 1983. Por esos mismos años la recuerdo, además, peleando
codo a codo, y siempre en minoría, junto a mí y algún otro tutor
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Centro Asociado de la UNED de Albacete a las asignaturas de Letras
(cuatro o cinco por cada tutoría) frente a las de Derecho (atendían
a una solamente), y después en el Centro Superior -que más tarde
sería Facultad- de Humanidades de la UCLM, en los que coincidimos
durante varios años.
Sin embargo, Rubí voló más alto que los que nos quedamos
atados a Albacete: con su capacidad de trabajo y sus contactos polí-
ticos e institucionales, fue nombrada primero Consejera de Cultura
en la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, donde no llegó a
estar un año, por la naturaleza política del cargo, pero dejó su hue-
lla en proyectos como la Ley de Parques Arqueológicos. Más tarde,
entre 2004 y 2010 fue directora del Museo Arqueológico Nacional
(MAN), precisamente cuando se iniciaba el proceso de reforma, am-
pliación y traslado de los fondos, al que dedicaría su entusiasmo
y sus conocimientos consiguiendo que fuera el referente de otros
muchos y, en general, de toda la la Arqueología Española. Durante
aquellos años, aunque no los perdimos, hubo menos contactos, pero
aún coincidimos, tanto en el IEA como en algún evento de la Real
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Academia, como aquella reunión del Diccionario Biográfico Español,
de la que regresamos de Madrid a Albacete creo recordar que en el
coche de su amigo Abascal.
Tengo ante mí el currículum de Rubí, que sería imposible re-
sumir en unas pocas páginas: un centenar de títulos entre libros, ar-
tículos y colaboraciones en obras colectivas, premios y distinciones
como la de ser miembro correspondiente de la Real Academia de la
Historia y la de San Fernando, el Instituto Arqueológico Alemán y
otras instituciones. Además, se ganó la amistad y el reconocimiento
de artistas y colegas, de los que yo he podido conocer junto a ella a
algunos tan notables como Lorenzo Abad, Mauro Hernández, Juan
Blázquez, Juan Manuel Abascal o Juan Zozaya, a quien me presentó
poco antes de su fallecimiento, en 2017. Pero para nosotros, los que
la conocimos en Albacete, fue, ante todo, la amiga, el referente de
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ponible para dar su opinión -y su apoyo, si fuera menester- en cues-
tiones tocantes a su especialidad, e incluso desplazarse sin hacerse
rogar cuando fue necesario. Todavía recuerdo el viaje, en 2013, al
Pozo de la Peña, requeridos los dos por Arturo Tendero, a la sazón
alcalde; y otro, en 2009, a la torre de Gorgojí, que el nuevo propie-
tario quería restaurar, con tan buena intención como mal logro. En
aquella ocasión, después de visitar en Villanueva de la Fuente las
ruinas de Mentesa y el manantial que algunos, desmentidos por Pli-
nio, creían el del Betis, comimos en mi casa del pueblo y, después
de fregar los platos, mano a mano -como un matrimonio, dijo ella,
riendo- regresamos a nuestros domicilios.
No siempre fue tan fácil mi relación con ella. Era muy cabezo-
ta, y yo más todavía, aunque tampoco había muros entre nosotros
ni motivo capaz de enemistarnos. En los últimos tiempos, discutía-
mos, a veces, de política: ella, siempre entusiasta, yo, desilusiona-
do, aunque mantuvimos una ética y unos puntos de vista semejan-
tes, un bagaje común y una amistad que estaba por encima de todo
(de hecho, al día siguiente de tener una de aquellas discusiones, en
noviembre de 2022, se empeñó en presentar mi conferencia sobre
Juan de Borgoña y su retablo de Alcaraz, aunque ya conocía que te-
nía metástasis y había comenzado con la quimioterapia). Más tarde
discrepamos en alguna visita a su despacho y a su casa respecto a
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democratizamos y que yo daba ya por irrecuperable, o de crear otra
nueva institución, cosa que yo veía innecesaria y contraproducen-
te, y más a nuestra edad (en wasap de noviembre de 2024, sin em-
bargo, acabaría por darme la razón con solo una palabra: “amén”).
Y, al acabar, amigos, como siempre lo fuimos, con acuerdo o sin él,
aunque Rubí fue siempre más activa en defensa de sus puntos de
vista y de inimaginables proyectos de futuro, porque ella “no quería
morir”, como decía y escribía a menudo en sus mensajes. Tal vez por
esa causa, quería hacerlo todo y estar siempre pendiente de la vida
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actos y exposiciones que creía de interés- y opinaba de todo lo divi-
no y lo humano, supongo que por ansia de vivir, cuando todos sabía-
mos que ya no era posible. La penúltima vez que pude visitarla -en
la última solo le pude dar un beso, pues estaba ya en coma- me habló
de sus pasiones: su hijo y el Museo, a los que dedicó gran parte de
su vida, y aunque creo que ya era más o menos consciente de lo que
le esperaba, no se encontraba triste ni perdía el humor ni el interés
por todo. Hoy creo, desde luego, que logró su deseo, en cierto modo:
Rubí no morirá mientras viva su obra y podamos dar fe los que la
conocimos y seguimos queriéndola.
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